El fin de la era Netanyahu: ¿Una nueva etapa en las relaciones Palestina-Israel?

"No obstante, sin Trump en la Casa Blanca como fiel partidario de planes sionistas de anexión y viéndose en la necesidad de mejorar las relaciones con Estados Unidos después de que Netanyahu destruyera el apoyo bipartidista que Israel ha cultivado por décadas, Bennett podría sentirse obligado a formular un discurso menos radical."
Por Regina Martín Jaffe
Ago 16, 2021

Hace tan solo tres meses, el mes sagrado del Ramadán se tiñó de rojo y el mundo volvió a centrar su atención en la escalada de violencia que marcó el inicio de un nuevo capítulo en el conflicto árabe-isarelí. La resistencia de las familias palestinas en peligro de ser desalojadas de sus hogares en el vecindario de Sheik Jarrah fungió como la mecha que prendió el fuego, puesto que la respuesta de los colonos israelíes, grupos ultraderechistas y las fuerzas de seguridad condujeron a protestas y enfrentamientos en Jerusalén Este, localidades árabes en Israel y Cisjordania. Hechos perturbadores como los dos asaltos a la mezquita de Al Aqsa por la policía israelí dejaron un número aproximado de 1,000 palestinos heridos entre los días 10 y 14 de mayo en Jerusalén Este. 

Entre gritos y consignas como “muerte a los árabes” de los israelíes nacionalistas y “ataca Tel Aviv” de los protestantes palestinos, Hamás dio un ultimátum: Israel debía retirar sus fuerzas del complejo del Monte del Templo y Sheik Jarrah antes de las 18 horas del 10 de mayo o enfrentarse a sus cohetes. El gobierno israelí no respondió a la amenaza y sufrió ataques aéreos de Hamas y la Yihad Islámica Palestina que cobraron la vida de doce civiles, incluyendo dos niños. Afortunadamente, la tecnología de seguridad de Israel, particularmente la Cúpula de Hierro, logró interceptar efectivamente la mayoría de los cohetes palestinos y proteger a sus ciudadanos.

No obstante, fue la campaña de bombardeo contra Gaza lo que provocó la reprobación de la comunidad internacional y los grupos de derechos humanos. De acuerdo con la información proporcionada por la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), tras los once días de bombardeo israelí en la Franja (10 al 21 de mayo), 260 palestinos, incluyendo 66 niños y 40 mujeres, fueron asesinados, de los cuales se ha confirmado que 129 son civiles y 64 militantes. Entre los afectados también se encuentran 2,200 personas (685 niños y 480 mujeres) que sufrieron heridas durante las hostilidades, algunas tan severas que podrían significar discapacidades a largo plazo.

Por su parte, los estragos producidos por la ofensiva israelí también representan el desplazamiento interno forzado de todavía 8,220 personas (habiéndose alcanzado un pico de 113,000 personas desplazadas en los momentos más álgidos de los ataques aéreos) como consecuencia de las 1,255 casas que fueron totalmente destruidas y las 918 viviendas que sufrieron daños graves y son consideradas inhabitables; aunque cabe recalcar que 50,000 hogares adicionales sufrieron daños menores. En adición, la infraestructura de Gaza fue severamente afectada: 188 escuelas de gobierno, privadas y del UNRWA, 80 jardines de infancia, 33 centros de salud y 290 instalaciones de agua y saneamiento fueron dañadas. Una evaluación de los daños realizada entre el 25 de mayo y el 25 de junio estima que la campaña de bombardeo provocó 380 millones de dólares en daños físicos y 190 millones en pérdidas económicas.

Desafortunadamente, estos hechos no son insólitos y forman parte de la política de seguridad del Estado de Israel contra Hamas y las demás facciones militantes, contribuyendo a la terrible crisis humanitaria en el territorio. Desde hace años, la UNCTAD ha manifestado que el bloqueo aéreo, marítimo y territorial instaurado por Israel y Egipto en 2007 sobre la Franja de Gaza y las operaciones militares israelíes que ésta ha sufrido han causado grandes reveses en su desarrollo, hasta tal punto que se pronosticó su inhabitabilidad para el año 2020

Durante sus 15 años como primer ministro del Estado de Israel, doce de los cuales sirvió consecutivamente, Benjamín Netanyahu ha argumentado férreamente el derecho de su país a defenderse de cualquier enemigo que amenace su seguridad y existencia. Sin embargo, las críticas internacionales arguyen que las hostilidades rebasan cualquier consideración de seguridad racional: las autoridades israelíes han instaurado un estado de apartheid y cometido crímenes de persecución y discriminación contra los palestinos y los árabes israelíes (palestinos con estatus de ciudadanía israelí). Los críticos más duros del gobierno israelí alegan que los crímenes de guerra y las violaciones del derecho internacional cometidas a lo largo de las últimas siete décadas son conducentes a un genocidio palestino, mientras que 

otros disputan dichas acusaciones y exponen su conexión a una alza de incidentes antisemitas en Estados Unidos y Europa.

A lo largo de su estancia en el poder, Netanyahu ha impulsado una agenda caracterizada por la ideología derechista y ultranacionalista que defiende Likud y muchos otros partidos políticos sionistas, como la expansión de los asentamientos ilegales israelíes en los Territorios Ocupados Palestinos. Inclusive, Netanyahu ha negado el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino al declarar múltiples veces que bajo su mandato no se crearía ni se reconocería un Estado Palestino; “[…] cualquiera que se mueva para establecer un Estado Palestino hoy y evacuar áreas, le está dando al Islam radical un área desde la cual atacar al Estado de Israel”, expresó el ministro en 2015

Sin duda, declaraciones como las anteriores antagonizan a los árabes israelíes y palestinos en Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este, y avivan los odios racistas de los seguidores de Netanyahu, Likud y otros grupos ultranacionalistas y anti-árabes. No obstante, Netanyahu vio su popularidad erosionada entre grandes sectores de la sociedad israelí dado el prolongado proceso legal en su contra por cargos de corrupción y el subsecuente estancamiento político que derivó en tres elecciones inconclusas en menos de dos años. El descontento popular transmutó en uno de carácter político y, tras la formación de una histórica coalición de ocho partidos de oposición, el primer ministro con mayor permanencia tuvo que abandonar su puesto el 13 de junio de 2021. Sin embargo, quien alguna vez fue llamado “el Rey de Israel” no tiene intenciones de abandonar el escenario político. Como líder de Likud, ha perfilado a su partido como la primera línea de oposición (con el control de un cuarto de los asientos del Knesset) del nuevo gobierno del centrista Yair Lapid y Naftali Bennett, partidario de los mismos dogmas y ex asesor de alto nivel de su antecesor del 2006 al 2008

Para algunos, la salida de “Mr. Security” representa la esperanza de un cambio en el inconcluso proceso de paz con Palestina y la agenda del gobierno israelí en lo que respecta a la llamada cuestión palestina. Quizá esta perspectiva puede ser mejor entendida cuando se pone en perspectiva el hito histórico ocurrido en las últimas elecciones: por primera vez en la historia de Israel un partido árabe forma parte de un gobierno de coalición gracias a un estrecho margen de 60-59. Bajo el liderazgo de Mansour Abbas, Ra’am, un partido islamista que se retiró de la alianza de partidos árabes (“La Lista Conjunta”), logró convertirse en un jugador decisivo en la conformación de la coalición ganadora. 

El pragmatismo de Abbas rompió con la postura moral de los partidos árabes de no unirse a las coaliciones gobernantes, en favor de lidiar efectivamente con los problemas que aquejan a la comunidad árabe israelí. A cambio de su colaboración, Abbas recibió promesas de sus nuevos compañeros en cuanto a la adopción de un plan económico de cinco años para la comunidad árabe de 9.3 millones de dólares, planes para combatir la violencia y el crimen en las ciudades y barrios predominantemente árabes, para mejorar la infraestructura, para promover autoridades locales árabes, y la discusión de la controversial Ley Kaminitz (bajo este estatuto legal han aumentado las demoliciones y desalojos de propiedades palestinas). 

La aceptación de los partidos árabes en la política israelí y su reconocimiento como compañeros de coalición legítimos vislumbra una nueva etapa en la distribución de poder en Israel. Empero, la diversidad ideológica de la coalición es un indicio de sus debilidades. Del sionismo derechista al izquierdista, los izquierdistas que se oponen a los asentamientos y el islamismo, el nuevo gobierno tendrá que construir puentes ideológicos que le permita gobernar con estabilidad. El acuerdo es el siguiente: Bennett fungirá como primer ministro y Lapid como su ministro de Relaciones Exteriores durante los dos primeros años; luego, Lapid reemplazará a Bennet, Gideon Sa’ar (líder del partido derechista New Hope) sustituirá a Lapid como cabeza del Ministerio de Exteriores y Bennett será ministro de Interior.

Algunos expertos argumentan que la fragilidad del gobierno provocada por las discrepancias ideológicas, especialmente respecto al derecho a la autodeterminación del pueblo palestino, conducirá a la adopción de un enfoque significativamente pragmático y la concentración de sus esfuerzos en cuestiones domésticas (v.g., la reconstrucción económica tras la pandemia y la reducción de la pobreza). Por lo tanto, temas controvertidos como el futuro de los Territorios Ocupados Palestinos tendrán que ser gestionados tomando en cuenta un balance entre los sectores derechista e izquierdistas de la base de apoyo de la coalición. Quizás Bennett optará por moderar su discurso ultranacionalista, pero sin abandonar sus objetivos anexionistas en la Área C de Cisjordania. Después de todo, prometió que “este no es un gobierno que llevará a cabo retiradas [de asentamientos], ni entregará territorios”.

Aún así, muchos temen que la situación en Gaza y Cisjordania pueda empeorar bajo el nuevo gobierno; Bennett es considerado como un político de línea dura, más radical que Netanyahu, quien a veces solía declarar estar de acuerdo con la solución de dos Estados. Por el contrario, en una entrevista para Al-Jazeera en el 2017, Bennett (en ese entonces Ministro de Educación) declaró que Cisjordania es “menos que un Estado porque no estamos a punto de suicidarnos”, ya que sostiene la idea de que “cada vez que les das a los árabes musulmanes un trozo de tierra de Israel, lo convierten en una base terrorista [en referencia a Hamas en Gaza]”. A escasos días de la victoria parlamentaria, el ministro de Relaciones Exteriores de la Autoridad Palestina informó en un comunicado que ha habido un aumento en los ataques de los colonos contra los palestinos y un recrudecimiento de la violencia practicada por las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF, en sus siglas en inglés) desde la formación del nuevo gobierno. 

No obstante, sin Trump en la Casa Blanca como fiel partidario de planes sionistas de anexión y viéndose en la necesidad de mejorar las relaciones con Estados Unidos después de que Netanyahu destruyera el apoyo bipartidista que Israel ha cultivado por décadas, Bennett podría sentirse obligado a formular un discurso menos radical. En efecto, la administración de Biden está interesada en avances concretos hacia una solución de dos Estados. Pese a esto, el control que ejerció Netanyahu sobre la política israelí derivó en marcadas divisiones y una propensión al ultraderechismo y nacionalismo, racismo, xenofobia y odio religioso. Tal vez un impasse en el proceso de paz sea el legado más duradero y oscuro de sus doce años en el poder.

Regina Martín Jaffe

Regina Martín Jaffe

Internacionalista por la UDEM.
Share This