Lecciones sobre desigualdad en El Juego del Calamar

"La desigualdad económica y la injusticia social siguen vigentes y se han acelerado en los últimos años alrededor del mundo debido a las instituciones económicas y políticas, la ineficiencia de los gobiernos, las malas políticas públicas y, recientemente, debido a la pandemia."
Por Francisco Dávila
Nov 15, 2021

Al momento de leer esto, seguramente fuiste una de las más de 140 millones de personas que vieron El Juego del Calamar, una de las series más recientes de Netflix. Quizá fuiste como yo y terminaste la serie en un fin de semana, pero si aún no la has visto, te platico que la serie trata de 456 personas participando en una serie de juegos cuasi infantiles de supervivencia por la oportunidad de ganar 45 mil millones de wons. Habiendo dicho esto, es posible que más adelante te encuentres con algún spoiler así que sobre aviso no hay engaño. 

Al día de hoy, la serie surcoreana es la más vista en la historia de la plataforma de streaming y ha generado un enorme impacto en la cultura popular. En redes sociales y ciudades alrededor del mundo hemos visto a gente replicar la vestimenta, los juegos y demás elementos de la serie. Por mera curiosidad, me metí a Mercado Libre México a buscar ‘disfraz juego del calamar’ y encontré que la vestimenta roja se vende entre $300 y $3,999 pesos mexicanos, la vestimenta azul entre $485 y $1,199 pesos, el vestido de la muñeca entre $629 y $899 pesos, y las máscaras con figuras entre $217 y $1,499 pesos. Más allá de las vistas y de su impacto cultural, es muy necesario ver El Juego del Calamar desde la perspectiva en que fue concebida para abordar un tema de gran relevancia: la desigualdad económica y la injusticia social que prevalecen en la moderna y avanzada Corea del Sur.

Parte de la premisa de la serie se basa en la vida de su creador, Hwang Dong-hyuk, quien tuvo problemas financieros mientras escribía el guión pues fue rechazado por distintas productoras por su visión distópica y poco realista. Lo que no sabían es que la distopía se convirtió en una realidad que aqueja a una sociedad surcoreana que se ha sentido reflejada en los distintos personajes de la serie. 

Tomemos de ejemplo el contraste entre Sang-woo y Gi-hun, siendo que solo el primero de estos logró entrar y graduarse de una prestigiosa universidad, algo que no debería sorprender pues de acuerdo con QS (2021), el costo promedio anual de asistir a una universidad privada es alrededor de 8 millones de wons. Si tomamos en cuenta que hay gastos de vivienda, alimentación, salud y transporte, entonces estamos hablando que alrededor de 40% de la población no puede darse el lujo de estudiar. 

Hay que recordar que Gi-hun era trabajador de una planta automotriz hasta que fue despedido a raíz de una huelga, situación que está basada en el paro laboral de 1996 donde más de 300 mil empleados del sector automotriz se manifestaron en contra de una nueva ley que facilitaba despedir a los empleados. Bajo este contexto, y tomando en cuenta las condiciones en las que vivía, es probable que Gi-hun fuera parte del 16.7% de la población en situación de pobreza, una de las tasas más altas dentro de la OCDE. 

Veamos a otros dos personajes: Ali Abdul y Sae-byeok. El primero de estos es inmigrante de origen pakistaní que es víctima de la esclavitud moderna a causa de su empleador, quien vemos en el segundo episodio que se rehusa a pagarle su salario. Ali, como millones de migrantes, abandonan su lugar de origen junto a sus familias en busca de una mejor calidad de vida a la vez de afrontar en su trayecto la discriminación, xenofobia y racismo. 

Por su parte, Sae-byeok es una disidente norcoreana que se ve en la necesidad de conseguir dinero para que su madre escape hacia Corea del Sur. En algunos episodios vemos cómo algunos personajes de la serie la tratan mal y excluyen debido a las muy marcadas diferencias políticas entre el norte y sur. Este país, pese a la modernidad que proyecta y su rápido crecimiento económico, tiene un historial negativo en el trato a los inmigrantes cuyo flujo aumentó sustancialmente a partir de los años 2000. La realidad a la que las y los migrantes se enfrentan una vez que llegan a Corea del Sur son bajos salarios, abuso físico, marginación, precariedad laboral y denigración.  

La desigualdad económica y la injusticia social siguen vigentes y se han acelerado en los últimos años alrededor del mundo debido a las instituciones económicas y políticas, la ineficiencia de los gobiernos, las malas políticas públicas y, recientemente, debido a la pandemia. La naturaleza de estos problemas y la gran variedad de datos e información puede dificultar y comprender la magnitud de la desigualdad y la injusticia, pero es positivo que la televisión, el cine y muchos otros medios poco a poco han abordado esta cuestión de manera creativa y original.

Parásitos y El Juego del Calamar son dos muy buenos ejemplos. No duden en verlas y reflexionar sobre sus enseñanzas. México es también una sociedad muy desigual, pero lamentablemente hemos normalizado la diferencia de clases en películas o series de comedia. 

La desigualdad económica y la injusticia social seguirán imperando en nuestro país hasta que la sociedad acepte que son problemas que impiden el progreso y la prosperidad, hasta que reconozcamos que no es motivo de burla ni de orgullo que una élite goce a costa de millones de personas en pobreza y marginación. Los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad para llevar este mensaje hasta nuestras pantallas, pero en lo que llega ese momento, no nos queda más que seguir informándonos, debatiendo e ideando posibles soluciones a los problemas de nuestra sociedad. 

Francisco Dávila

Francisco Dávila

Economista por la UDEM y defensor de la buena política pública.
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