Política exterior mexicana, discurso y beneficios domésticos

"Lejos de un cambio, su conducción sigue a la deriva. Mientras el canciller sigue preocupado por ganar protagonismo de cara a las presidenciales del 2024, el titular del ejecutivo parece esmerado en trastocar el nivel doméstico—a costa de una ejecución a modo de la Política Exterior (PE)."
Por José Dimas Rodela
Jun 20, 2022

Anteriormente ya había recalcado lo grave que es que el presidente ejecute, sin control ni contrapeso, la agenda exterior de México. Lejos de un cambio, su conducción sigue a la deriva. Mientras el canciller sigue preocupado por ganar protagonismo de cara a las presidenciales del 2024, el titular del ejecutivo parece esmerado en trastocar el nivel doméstico—a costa de una ejecución a modo de la Política Exterior (PE).

Hay algo que debe quedar bastante claro. El presidente no tiene interés de encargarse de los objetivos internacionales de México. En años anteriores, los comentarios de López Obrador habían sido más o menos apacibles. No obstante, desde hace varios meses, su discurso hacia el exterior se agravó.

La razón “oficial” de dicho cambio tal vez nunca sea conocida. Aún así, pueden hacerse algunas inferencias. Por esto, decido mantener que, como todo en su estilo personal de gobernar, la relación entre el presidente y la PE obedece plenamente a su uso estratégico como parte del discurso político.

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El Presidente de México en una visita oficial en Estados Unidos

El discurso es un hecho ideológico. El lenguaje usado transmite la ideología de quien lo pronuncia. Lo discursivo pretende persuadir y movilizar a las masas detrás de algún objetivo, ocultando ciertas realidades y aspectos sociales. El sociólogo Wilfried Pareto mantenía que, más allá de ser seres racionales, las personas se comportaban como racionalizadores de sus propias conductas, utilizando diversos recursos lingüísticos para legitimar sus propias acciones.

Por su parte, Raymond Aron consideraba que la más grande característica de la naturaleza humana “es dejarse conducir por el sentimiento, dando así justificaciones psicológicas a determinadas actitudes sentimentales”. Mientras algunas acciones conducen a un pensamiento lógico y la racionalización de las acciones, otras herramientas no lógicas—como el discurso—son motivadas por el sentimiento, intentando dar una apariencia lógica a conductas y hechos que no lo son.

Sumado a lo anterior, los discursos contemporáneos incorporan también lo que George Orwell definió como newspeak o neolengua. Esta clasificación lingüística incorpora eufemismos, metáforas, nuevos conceptos creados “a modo” y la técnica del doblepensar, que permite al locutor sostener, creer y defender dos opiniones contrarias simultáneamente. Orwell insistía en que la finalidad de la neolengua era ser imprecisa, ambigua y alegórica, utilizando términos indeterminados para referirse a algo real o inexistente mediante un término cualquiera.

Para el presidente es poco importante si cada día debe arremeter contra un “enemigo” extranjero distinto. Sabe que la Cancillería reparará los daños causados. Su ganancia es—precisamente—el efecto que esa línea discursiva hostil provoca en los sectores domésticos: tanto su base electoral como en la oposición. 

López Obrador sabe que no hay mejor manera de hacer permear su “ideología” que transmitiéndola todos los días desde su conferencia matutina. Sin embargo, ¿cuál es su ideología? Cualquiera podría comparar los embates en contra España y su monarquía con los propiciados por personalidades como Hugo Chávez Frías o Evo Morales Ayma. Debe recordarse que una de las constantes en los gobiernos ligados al denominado “socialismo del siglo XXI” era el “anticolonialismo” y el “antihispanismo”.

No obstante, ¿cuándo los expresidentes de Venezuela y Bolivia realizaron visitas de estado a Washington? Las administraciones encabezadas por Chávez y Morales eran abiertamente “anticapitalistas” y “antiimperialistas”. Por el contrario, de las únicas cuatro visitas oficiales al exterior hechas por el presidente mexicano, tres han sido a los Estados Unidos.



Lo argumentado por Raymond Aron puede entenderse de mano al comunicado oficial del gobierno, escrito como respuesta al posicionamiento del Parlamento Europeo en contra del asesinato de periodistas en México. Fuera de emitir una respuesta dentro de los parámetros y cortesías diplomáticas, el titular del ejecutivo escribió desde el sentimiento, la subjetividad y lo inapropiado. Si bien el presidente intentó dar una apariencia lógica a su respuesta, esta quedó ofuscada al referirse a los eurodiputados como corruptos, mentirosos, hipócritas, borregos y golpistas.

En todo este esquema discursivo, el presidente hace abundantes los recursos del newspeak de Orwell. Neoliberalismo, neoporfirismo, transformación, bienestar, conservadurismo, soberanía… Por el bien de todos, primero los pobres. Además de explicar cómo “terminó” con el debate entre la escuela austriaca y la escuela de Friburgo—en torno al significado de neoliberalismo, López Obrador debería decirnos qué entiende por neoporfirismo y soberanía, de qué manera hay transformación y bienestar en las peores condiciones sociales y cómo se puede no ser conservador estando en contra de las libertad individuales.

Por cierto, por el bien de todos, primero los pobres. ¿Primero los pobres en qué? ¿En ser aún más pobres? Debe recordarse que todas las cifras oficiales indican que la pobreza, en cualquiera de sus dimensiones, está en aumento.

Recalco nuevamente, el presidente no tiene ningún interés en encargarse de la agenda intencional de México. Quedó bastante claro desde aquella ocasión en la que comentó que “la mejor política exterior es la política interior”. Para el jefe del ejecutivo, la Política Exterior es una herramienta más con la cual jugar en su discurso político.

Apegado al estilo Orwelliano, el presidente pretende tener un discurso impreciso, ambiguo y alegórico. No le interesa llegar hasta  las y los tomadores de decisiones. Le basta tener cabida en las millones de personas que defienden—a capa y espada—su proyecto político. Con plena humildad, todas aquellas personas que seguramente no leerán estas líneas.

Quienes aquí concurrimos tenemos algo en común: el desagrado y la desconfianza presidencial. En más de una ocasión el presidente López Obrador se ha referido a las y los internacionalistas como serviles y sumisos. Al titular del ejecutivo le debería quedar claro que una crítica objetiva, fundamentada y respetuosa no se basa únicamente en su persona ni en su experiencia personal—sino en el mal manejo de la Política Exterior y en el irrespeto de los principios constitucionales, leyes y tratados.

Sin duda, falta poco tiempo para que el presidente también nos llame conservadores y neoliberales. Pues, en palabras del mandatario: “los internacionalistas, los diplomáticos, [si de por sí] me cuestionan porque soy de Tepetitán, un aldeano […]” No importa. Cuando llegue ese día, alguien debería recordarle a López Obrador la siguiente frase de George Orwell:

“Si la libertad significa algo, significa el derecho a decirle a la gente lo que no quiere escuchar”.

José Dimas Rodela

José Dimas Rodela

Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad de Monterrey. Sus áreas de interés abarcan la Política Exterior, la paradiplomacia, el poder blando y la comunicación política.
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